Psicólogo

Hace algunas semanas impartí una cátedra sobre diseño durante el encuentro Iberoamericano de diseño 2017 en Puebla, México. Durante mi ponencia cuestioné a los asistentes cuál es su primer directriz de diseño cuando comenzaban a desarrollar un nuevo proyecto, para mi decepción, la gran mayoría respondió que era darle gusto al cliente. Qué triste sería mi realidad como diseñador si sólo existiera para hacer feliz al cliente, esa será tarea de su  mamá, y en el mejor de los casos de su psicoanalista. Mi único deber es dar una respuesta eficiente a sus necesidades, le guste o no.

Mi profesor Agustín Landa siempre decía que el cliente nunca sabe lo que quiere. Cuando comenzaba mi trayectoria profesional demasiado a menudo recibía potenciales dictadores que cual niños caprichosos exponían exactamente lo que aparentemente querían, y la manera en la que lo querían. Muy pronto entendí que debía alejarme de esos proyectos, no necesariamente por que supusieran un reto, de hecho, todo lo contrario. Creo que hacer exactamente lo que se te solicita es fácil pero no saber como aportar profesionalmente a un proyecto también es hueco y frustrante.
Durante una plática con mi amigo Felipe Taborda, uno de los 100 diseñadores gráficos mas influyentes de nuestra era, según la editorial Taschen, me comentó de manera anecdótica una reunion de años atrás con un grupo musical en la que los integrantes aportaban ideas “gráficas” para la tapa de su siguiente disco. Su única respuesta congruente era “¡Qué mala idea, eso es terrible!” Incluso entre profesionales, el 90% del tiempo las ideas que se aportan para un proyecto son basura, y el 10% restante necesitan mucha edición. No se trata solo de soltar pensamientos al aire, sino de darle sentido a las aportaciones.

Es mi papel en un proyecto separar de manera muy concreta qué es un cúmulo de caprichos añejos, inconclusos y sin sentido del cliente de aquello que realmente necesita. A menudo no conoce todas las posibilidades y eso está bien. El cliente puede llegar a ser el peor enemigo de su proyecto y como profesional es mi labor educarlo y conciliarlo con la resistencia natural que oponga a probar cosas nuevas o desconocidas. Siempre establezco las bases del juego con una sola propuesta fuerte, justificada, y sólida; y a partir de ella, comienzo a negociar ajustes.

Jamás he basado mi diseño en aquello que le guste al cliente o le haga feliz, sino en lo que creo que tiene una aportación trascendental y simbólica en su vida. Por favor, no me mal interpreten, por supuesto que quiero hacer a mis clientes felices. ¿Quién no quiere eso? Pero el tema es que no creo que lo que verdaderamente busca salga de una idea oxidada en el ello de Sigmund Freud. Si deseas complacer al cliente en todo aquello que quiere, muy probablemente terminarás con un proyecto deficiente, con un cliente frustrado, y una carrera profesional triste y hueca. No será tu culpa si decides nadar de muertito, pero si tu responsabilidad.

Por cierto, hay que decir que también existen clientes de los que se aprende, con mucho conocimiento y un gusto impecable, pero eso es tema de la próxima entrada del blog.

¿Has tenido una experiencia similar? coméntala.

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